5 de febrero de 2017

El vuelo del elefante | Lilibeth (Valdivia, Chile)



Ilustrado por Lainadan


Trabajó todo el verano para juntar el dinero suficiente, tuvo que correr por tres meses, ocho horas cada día y seis días a la semana para juntar ese sucio dinero, el calor la hacía llegar con el cuerpo pegajoso a su casa, con los pies hinchados y las piernas acalambradas. Recibir el finiquito era lo mejor que le había pasado en la vida.
Ese día fue a la peluquería por la mañana, se cortó el cabello 15 centímetros y se lo tiñó de un rojo intenso. A las dos de la tarde acudió a su cita con el tatuador, y por 50.000 pesos se hizo un elefante en el hombro derecho. Fue a comprar el vestido que había visto hace tres días en la tienda, ese azul oscuro con margaritas. Después de un par de horas fue a su casa a buscar la mochila con las cosas necesarias, se dio una ducha para limpiar su tatuaje, su cabello y su alma.
A las nueve en punto estaba parada en la recepción del hotel, pagó en efectivo una noche en la habitación más alta del edificio, la que costaba más dinero. Le sonrió a todas las personas que se le cruzaron ese día, se sentía plena y quería que todos lo notaran, además tenía la esperanza de contagiar el sentimiento a las tristes personas que se debían quedar en este lugar.
Puso llave a la habitación, sacó lentamente cada cosa de la mochila y las ordenó por color y tamaño sobre la cama, todo perfectamente alineado. En cuanto estuvo satisfecha dejó su diario sobre la almohada, se desnudó y tiró la ropa al basurero, desdobló el vestido que había comprado y se lo puso, calzaba perfectamente, y su tatuaje nuevo parecía brillar bajo su color de cabello.
Alineó 42 pastillas blancas sobre la mesa de la habitación, llenó un vaso con vodka y comenzó a tomarlas una por una, cuando llevaba nueve pastillas con iguales tragos de vodka comenzó a arder su garganta, cada trago era como si le quemara, pero no se detuvo hasta que tragó la última pastilla. Había ansiado por tantos años esa noche, se había esforzado por tantos veranos trabajando para juntar las pastillas y el dinero, que el dolor era solo una última señal de placer en su plan perfecto.
Se sentía mareada, tomó la botella de vodka llena hasta la mitad y caminó al balcón, la ciudad era tan hermosa desde las alturas, las pequeñas luces, esos puntos casi invisibles que eran las personas, todo parecía diferente, tan frágil. Miró hacia la habitación, observó la cama con lo que alguna vez fueron sus pertenencias, sus tesoros, su dinero. Se puso los audífonos y cantó tres veces su canción favorita, imaginó sus últimas historias, bailó entre sus últimos recuerdos, y entre el girar de la falda del vestido, entre las suaves caricias de su cabello contra sus hombros, gritó algo a la ciudad y se lanzó al vacío, voló al infinito. Siempre en sus noches de planificación creyó que tendría miedo al caer, pero no pudo sentir más que felicidad, en esos breves segundos de incertidumbre sólo sonrió, podía sentir como la vida se deslizaba de su cuerpo a cada metro que caía, en el último segundo cerró los ojos, y comenzó entonces a disfrutar de su tan desesperada y añorada libertad.