7 de julio de 2016

Mar del Sur | Consuelo Herrera Carvajal (Osorno, Chile)



Ilustrado por Fvta.


La tempestad ya se había desatado. El mar austral formaba poderosas olas que al reventar, se extendían con rapidez por todo el ancho de la playa; y al recogerse, dejaban sobre la arena un rastro de enormes coyofes y criaturas cuya existencia sólo era posible en las profundidades del océano. A estas últimas, se las veía desorientadas y torpes, mientras buscaban en el oleaje alguna corriente que las arrastrara de vuelta mar adentro. Desafortunadas sin duda, tal como los bañistas atrapados en el oleaje; o la mujer aferrada al rompeolas, que observaba inquieta cómo el resto de veraneantes huía en desorden hacia los cerros.
Ella había caído presa de su propia imprudencia. En su afán de retratar a aquel huairavo, había permanecido demasiado tiempo entre las rocas. Desde allí había visto oscurecerse el cielo y sentido la fuerza del viento, pero aún así no había querido ver la amenaza del mar hasta que una seguidilla de olas reventó contra el roquerío.
Aturdida, había logrado zafarse de la fuerza del agua y se había encaramado sobre las piedras buscando refugio en la altura. El huairavo en cambio, había fallado en emprender el vuelo y su cuerpo inerte acabó paseándose entre los canales rebalsados del rompeolas, emergiendo de tanto en tanto y avanzando con el cuello torcido para después volver a hundirse entre los remolinos. Arriesgarse a nadar allí no valía la pena. La mujer resolvió que no tenía más opción que continuar escalando hasta alcanzar base del acantilado. Desde allí, podría ascender hacia el cerro, ponerse a resguardo y desafiar la marejada.
A pesar de las formas accidentadas de la roca, no tardó mucho tiempo en llegar a la cima. A la distancia, la espuma ya manchaba la escalinata de piedra que servía de acceso al balneario y la playa había quedado reducida a una franja de arena que aparecía y desaparecía con el movimiento de las olas. A ella tampoco le quedaba mucho antes de que el nivel del agua cubriera por completo el rompeolas, por lo que se apuró en juntar coraje y saltar la distancia que la separaba del talud del cerro.
Al aterrizar, no se resistió al necio impulso de voltear. Su cuerpo se torció para enfrentar el horizonte; y este exhibió ante ella el caos de la tormenta. Los nubarrones habían pasado del gris al más oscuro de los negros y en conjunto con las aguas del Pacífico, creaban la ilusión de un colosal bloque que de un momento a otro se estrellaría contra el litoral.
Darle la espalda a aquello fue tan difícil como escalar la lisa y filosa laja. La pendiente no era muy pronunciada, pero el viento y el agua que salpicaban las olas, entumecían sus miembros y entorpecían su ascenso. Debía revisar por lo menos dos veces la saliente de donde pensaba afirmarse y dar el siguiente paso, debía probar si aún le quedaba fuerzas para impulsar su cuerpo hacia arriba y al mismo tiempo, debía evitar sobresaltarse con los temblores. Con cada sacudida, el cerro parecía resistirse a ceder ante la catástrofe; sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que pequeños derrumbes amenazaran con arrojarla ladera abajo.
Rayando la desesperación, intentó buscar un mecanismo para mantener la concentración y la cordura; y acabó tarareando. Su voz salía entrecortada y a ratos, ni ella misma era capaz de oírse; sin embargo no se detuvo, pues albergaba la esperanza infantil de que el cerro se conmoviera y aquietara sus entrañas sólo para ella. De aquel modo, logró sobreponerse y dejar atrás las lajas, para continuar con su escalada hasta sentir bajo sus manos heridas la suavidad de la hierba y la solidez del xeng-xeng. Se dejó caer boca abajo y descansó. Parecía que la serenidad de la tierra había acallado la vorágine a su alrededor. El silencio la arrulló por bastante tiempo, hasta que despacio, llegó a sus oídos la cacofonía de múltiples voces humanas. Lamentos que en otras circunstancias habría preferido evitar pero que ahora perseguía jadeante, ilusionada de encontrar el refugio que garantiza la manada.
Demoró bastante. La marcha se complicaba con cada temblor, con cada ráfaga de viento; pero pese a todos los obstáculos ella porfió en su búsqueda, pues toda su esperanza se sostenía en esas voces; por ello, el corazón martilló fuerte contra su pecho cuando logró posicionarse en la altura que le permitió contemplar todo el borde costero y dimensionar la magnitud de la tragedia. Toda la costa estaba siendo tragada por ese océano voraz. Los cerros que resguardaban los valles centrales habían sido superados por el poder del Mar del Sur, desmoronándose ante sus ojos.
Los alaridos humanos provenían de la parte baja del cerro, que ya no era otra cosa que una ciénaga de horror y muerte. El terreno había colapsado y caía con estrépito al agua, arrastrando consigo cuerpos de madres, padres e hijos.
Nada le podría serenar el alma ahora que había palpado su propia futilidad. Mientras la multitud perecía, comprobó que el nivel del agua continuaba subiendo y que la tierra que sostenía su peso acabaría derrumbándose al igual que todo a su alrededor. Una vez más, presa del desconsuelo, volvió sus ojos al mar; aquel océano austral que siempre la fascinó y que contaba con su más devota admiración, la había traicionado.
Un remezón más y el suelo se resquebrajó bajo sus pies. Por un instante se hizo ligera y se mantuvo en el aire por sobre el derrumbe del cerro, pero pronto el mar clamó por ella y al caer, la perdió entre el oleaje en medio de un rugido triunfal.
No supo cuándo, cómo ni por qué ya no dolía ver bajo el agua. No respiraba como antes, su cuerpo se sentía extraño. A su alrededor no había nada más que una oscuridad tan densa que la atemorizó y la animó impulsarse hacia arriba. Emergió cortando la superficie de un mar sereno, las olas la mecían suavemente y sobre ella se abría el más estrellado de los cielos. Atrás había quedado la violencia destructiva, para dar lugar a una calma que invitaba al sueño. Se entregó entonces a la corriente y navegó. No sabía cuánto tiempo había pasado desde su caída, pero algo había en el frío que parecía salir de sus propios huesos, que pasaría mucho más antes de volver a distinguir la silueta de alguna costa lejana.
Su alivio por sentirse viva dio paso a la incertidumbre y finalmente el miedo volvió a sacudirle el alma, pues supo que a su alrededor no había más que un inmenso vacío. Todo parecía estar sumido en una noche perpetua y ella se encontraba en medio de su abrazo helado, preguntándose si acaso era superviviente de la cólera del kai-kai; o tal vez si había sido testigo del ímpetu creador que impulsa la vida. No lo sabía y eso le provocaba un intenso dolor. Le dolía la angustia de saberse a la deriva, le dolía su pequeñez al verse atrapada en aquella vasta prisión acuática, infinita... sola.