17 de junio de 2016

Raíces | Paulo Lehmann (Valdivia, Chile)



Ilustrado por CristCast

En la cabaña sólo me hacen compañía el frío, la humedad y un silencio tan sofocante como la calma y oscuridad exterior. Un caracol ha dejado su estela de baba por toda la puerta principal, mientras lo observo al menos desde hace una media hora.
Con el culo pegado al viejo sillón, la cerveza remoja en algo mi reseca y apretada garganta, mientras uno de mis porritos especiales ayuda a aliviar en algo mis destrozados nervios.
La iluminación es muy precaria, pero no me impide quedar una vez más pegado ante la gigantesca fotografía en la pared, colgada a mi lado derecho. Aquella imagen de antiguas y gruesas raíces, repartidas al azar como una siniestra enredadera saliendo a la superficie acuática, ha sido mi obsesión desde que era niño y la razón por la cual me instalé en este refugio perdido en el bosque de una pequeña localidad rural, casi olvidada por el mundo civilizado.
De hecho estuve allí cuando mi abuelo inmortalizó a aquella inigualable escultura natural con su antigua cámara, para luego regalarme la fotografía que se convertiría en mi adoración por siempre.
Nunca comprendí el por qué, simplemente necesitaba mirar la foto una y otra y otra vez, y así continué durante el resto de mi vida. Los monstruosos brazos de madera emergiendo del agua me atraparon de tal forma que no existió nunca más nada para mí, incrustando su imagen como un cuchillo en mi mente.
Afortunadamente mi desadaptada existencia no me ha impedido tener un buen y holgado pasar económico, gracias a la herencia de la única persona que aún me tenía aprecio, mi abuelo. Además de su dinero, heredé bienes y propiedades, por lo que hace unos años hice realidad mi sueño de vivir en su cabaña de campo, lugar donde todos los veranos el anciano se aislaba a meditar o a pasar unos días con su único y querido nieto, lugar donde tomó la fotografía que comenzaría todo.
Pero ni vivir a 50 metros de la orilla de la laguna donde está el objeto de mi adoración, ni la copia del tamaño de la pared que mandé a imprimir y enmarcar, fueron suficientes para saciar mi obsesión. Comencé a sentir que además debía “alimentar”, entregar ofrendas a lo que considero mi propio Dios. Fue así como comencé a capturar a los infelices del pueblo.
¿Diez, quince, veinte? realmente no recuerdo y la verdad, no me importa ¡merecían morir y ser más útiles que durante sus patéticas vidas! De a poco los fui aniquilando, a unos los esperaba en alguna esquina, escondido detrás de los arbustos, para enterrarles rápidamente y en silencio un cuchillo en la garganta. A otros, los más jóvenes, los engañaba con trabajos o “pololitos” como les llaman, en mi sitio, para que vinieran hasta acá y darme el placer de estrangularlos con una cadena, acercándome por detrás sigilosamente, sintiendo ese exquisito momento cuando la respiración del desgraciado se hace cada vez más y más pausada, hasta cortarse definitivamente.
Debo confesar que los últimos aleteos y el olor a mierda de los finados al expulsar su última cagada me causaban un extraño placer y su consiguiente erección.
Llevarlos en mi carretilla hasta el lugar de la ofrenda nunca fue complicado, ya que lo hacía en horas donde nadie me veía, además mi aislamiento ayudó mucho en este aspecto. Al llegar a la laguna, luego de arrodillarme solemnemente frente a los hipnóticos “tentáculos” de madera, desataba el saco y hundía el cuerpo deslizándolo bajo las raíces, con ayuda de una piedra atada al pie del cadáver con un lazo.
Con el tiempo perfeccioné mi técnica y fabriqué una especie de ataúd, dentro del cual llevaba al muerto y lo sumergía unos seis metros bajo el agua. Llegué a incluir cadenas especiales que manejaba con unas manecillas rodantes, cuyas funciones eran hundir el ataúd y luego abrir la tapa para liberar al desgraciado, y así asegurarme que quedara enredado entre las profundas ramas para que valga la pena todo el sacrificio.
A pesar del terror e incertidumbre de los pueblerinos por la desaparición de sus familiares, nunca se les ocurrió buscar en aquel lugar, ya que sus limitadas y supersticiosas mentes relacionaban a las gigantescas raíces con algo creado por el mismo Satanás, por lo que no se atrevían a acercarse.
La policía de la ciudad tampoco hizo caso de la denuncia, pues en realidad les importa un carajo lo que pase en un alejado y sucio pueblo como este. “Ojalá se mataran entre ellos todos los piojosos del pueblo, para que se lleven a la tumba sus incestos y quién sabe qué otras perversiones, además de librarnos de sus brujerías”, le escuché decir una vez a uno de esos policías.
No era primera vez que oía sobre la existencia de brujos en el lugar, pero siempre pensé que eran boberías de ignorantes.
Como no veían solución a sus peticiones de búsqueda y debido a la condición de “bicho raro” en la localidad, la gente del pueblo comenzó a sospechar de mí. De hecho una de esas mujeres que los tontos llamaban “bruja”, madre de uno de los “desaparecidos”, me fue a encarar a la entrada de mi parcela.
–¡Sé que tú mataste a mi Juan, hijo de puta! –me gritaba, a lo cual sólo me reí y le di la espalda.
Pero mientras caminaba de vuelta a mi cabaña, emitió una siniestra risa que me heló la sangre y dijo con voz calmada pero segura: ya llegará la noche donde vendrán a buscarte…
Aunque no me di vuelta, sabía que su mirada era como el fuego y sentí su dedo apuntándome y atravesándome como un rayo.
Luego de esto se marchó sin más. Tuve que acostarme durante todo aquel día, sin fuerzas para mantenerme en pie, probablemente producto de la sugestión y el mal rato, pensé en ese entonces.
***

Es hoy, esta noche, simplemente lo sé. Nocturna quietud, extrema, como una trampa. Silencio interrumpido sólo por el crujir de ramas quebrándose a lo lejos…Cogí mi cerveza, prendí mi porro y me senté tranquilamente a esperar lo inevitable.
Miro el cuadro, luego la ventana. Nada, sólo negrura espesa.
Aullidos de perros. Miro nuevamente el cuadro. Ruidos, se arrastran, gruñidos ahogados, golpean con fuerza la puerta principal, el picaporte se mueve frenéticamente.
Fijo mi vista otra vez en la ventana. Entre la oscuridad diviso su rostro, pegado al vidrio, amenazante. De su cara cuelgan la carne gris, macerada, su largo cabello estilando deja ver parte de un ojo opaco, mientras el otro cuelga sobre su mejilla derecha como jalea inmunda. Sus dientes, mugrientos, chocan contra el vidrio junto a las pulposas encías. ¡Trrrac, trrrac trrrac! se abren, se cierran, en espasmos cada vez más fuertes, el ruido de sus mandíbulas es pesadillezco.
Lo reconozco ¡sé de quién es ese horrible rostro! Aquel infeliz, el hijo de la vieja maldita, el hijo de la bruja. Creo que la oigo, sí ¡se ríe de mí la muy perra!
Las carcajadas de la mujer suenan profundas como un eco a lo lejos, mezclándose con el aterrador ruido de los perros aullando todos al unísono en la oscuridad nocturna.
Una vez más mi mirada busca la imagen en la pared. El mirarla me reconforta, me tranquiliza.
La puerta trasera de la cabaña se abre con un fuerte golpe. El gélido aire golpea mi espalda, mientras el hedor a moho, barro y carne putrefacta inunda la habitación.
Miro hacia adelante, sereno, esperando. El sonido del líquido cayendo al suelo y el chapoteo asqueroso y rítmico de las pisadas acercándose, me indican que el tiempo se acaba. Mi cuerpo se torna rígido al sentir el contacto de las heladas garras tocar mi cuello. Los húmedos dedos comienzan a cerrarse lentamente en mi garganta… 
Jadeo, el aire me abandona, con dificultad giro mi cabeza hacia la derecha, miro nuevamente la fotografía, la laguna, los gruesos brazos de madera, el agua y mi rostro atrapado allí, entre las raíces, me observa con sus ojos corrompidos por la muerte y esboza de pronto una sonrisa siniestra pero a la vez cómplice, recordándome que al fin estaré donde siempre debí estar.