6 de abril de 2016

Placer Culpable | Aldo Astete Cuadra (Paillaco, Chile)

Ilustrado por Arieleado

Bajé del autobús y como de costumbre me detuve en una panadería para comprar unos pastelillos, mi placer culpable. Continué luego por las húmedas calles del pueblo, la lluvia había cesado definitivamente y comenzaba a levantarse la niebla nocturna tan típica en esta zona. Dejé atrás las calles centrales para adentrarme en las solitarias veredas de los alrededores y a poco andar, en una esquina, observé a una joven despidiéndose de un hombre con voz varonil y malhumorada. Dio media vuelta antes de que la pudiera alcanzar.
Hasta ese momento mis pensamientos divagaban en torno a cómo sabrían los pastelillos que ayudaban a sobrellevar de mejor manera las largas y solitarias noches. Pensaba en la suave crema bombardeada de chips de chocolate  que cubrían el centro relleno de mermelada dulce y fría, que me transportaban a la infancia más precoz, acumulación de sensaciones agradables, evocaciones difusas, pero memorables, mitologías que construimos en nuestro inconsciente, historias que nos gusta contarnos para hacer más llevaderos nuestros experiencias posteriores, aquellas negativas, turbias, desagradables. Estos pastelillos se transformaban así en el placebo perfecto para apaciguar las penas nocturnas, en que los recuerdos acuden como pesadillas.
Sin embargo, esta situación ordinaria cesó de golpe mis cavilaciones y fijé mi atención en esta mujer que avanzaba delante, lo más llamativo fue su fisonomía. Era baja y de los hombros a la cadera su silueta rectangular terminaba en dos piernas delgadas enfundadas en unas calzas negras. Su modo de caminar masculino le daba un carácter vulgar, sin atractivo alguno para mi gusto. Continué con mi paso intermedio, eso sí, mis zancadas son grandes, algo torpes debido a mi elevada estatura. Ella continuaba con su paso despreocupado por las oscuras calles como si no le importara mi presencia. Increíblemente me concentré en contar sus pasos y determiné que por cada uno de los míos ella daba dos, dos y medio y hasta tres pasos. Así continuamos por una cuadra, le iba ganando terreno sin apurar el tranco, en cuestión de segundos estuve muy cerca, a un metro, poco más. Algo más completaba el insólito cuadro, un sonido caía desde el cielo, parecía ser un avión que se mantenía estático y monótono en su ruido, esto me irritaba, entorpecía el momento.
No sé por qué hacía esto, parece ser que algo me excitaba, como si fuera un cazador que acosa a su presa sin disparar o un pescador que da sedal a un pez para luego atraerlo a su red. Pienso que el descubrir sensaciones desconocidas me impulsaba, algo que trastocara la amarga monotonía de los días, efecto similar me invadía al comprar un nuevo pastelillo, el sentir algo distinto, diferente, dejar fluir mis emociones. Este era un evento fortuito que cruzaba por mi camino, pero ese ruido infame...
Al percibirme cerca, ella aceleró su andar, yo caminé más rápido, manteniendo la distancia, pero ella volteó mirándome con una mueca de espanto, articulando palabras que no escuché, pues sólo se oía la turbina del maldito avión. Entonces este gesto bastó para que infundiera en mí un instinto canino percibiendo las feromonas del miedo, instándome a atacar sin mayor provocación. No le di tiempo de reacción, la tomé con fuerza de la cintura y con la otra mano tapé su boca antes que pudiera decir cualquier cosa. Ahogada por mi mano, intentaba gritar, pataleaba también y arañaba las partes de mi cuerpo que estuvieran a su alcance, el dolor que sentí fue delicioso, sin embargo el maldito avión continuaba ahí con su sonido monocorde entorpeciendo mi dicha. Someterla pegada a mi cuerpo me excitó de tal manera que continué ejerciendo presión y pronto ella dejó de dar pelea. De todos modos, la estreché fuerte hasta que dejó de respirar y súbitamente esto me produjo un estertor agradable que recorrió mi espina.
Sólo las luces de un vehículo que viraba me devolvieron a la realidad. La solté y se desplomó inerte. ¡Qué hice!, fue lo primero que me pregunté, intenté reanimarla y un grito de ayuda surgió irreprimible de mis labios. La niebla y el rumor del avión debieron silenciar mi alarido. Al ver su cuerpo sin vida y los ojos desorbitados saliéndose de las cuencas resaltando sobre su piel morena, comprendí que debía huir y correr hasta la tranquilidad de mi hogar, nadie vio nada ─pensé─, aún estoy a tiempo. Mientras corría, el sonido aéreo desapareció, las calles estaban silentes, ni un perro, ni un alma se cruzaba en mi loca carrera.
En minutos, estuve en la seguridad de mi casa, a salvo. Ya en la cama, cubierto por completo por las sábanas, me era imposible conciliar el sueño debido al ulular de las sirenas que se dejaron sentir por largo rato. Además, algo que podríamos llamar remordimiento me estremecía, entonces necesité de mis pastelillos para calmar mi atribulada conciencia.
¡Oh por Dios! exclamé sobresaltado, ¡no es posible!, ¡estoy perdido!, mis pastelillos se han quedado junto al cuerpo. ¡Cómo pude olvidarlos!
La noche transcurriría lenta y amarga sin ellos.