11 de noviembre de 2015

El Más Neófito Suicida | Anónimo (Valdivia, Chile)

Ilustrado por Centavri

“…Y así, un día cualquiera, decides que ya no quieres vivir más. Caminas hacia algún árbol y, en la más honesta de las acciones, pones tu cuello en la soga liberadora; la soga que cerrará tus angustias para siempre. Logras sentir la tirante cuerda abrazando tu piel y, en medio de ruidos etéreos que sacuden tu cuerpo, caes en el más tranquilo de los sueños…
Despierta entonces la mente, traspasando toda pared que la encierra, y te ves caminando en un hermoso lugar, el lugar con el que tanto soñaste mientras existías en aquel agobiante mundo de pesadilla, ese mundo lleno de criaturas a las que llamabas pares, esas que hacían de tu vida un lamento. Das pasos largos, como si volaras, por sobre la gran pradera de la muerte, felizmente liberado por primera vez, observándolo todo con profunda calma. Percibes a otros que también caminan allí, en la misma dirección que tú, mas no puedes hablarles ni tocarlos; sabrás que en este apacible limbo no existe la comunicación de los humanos porque aquí sólo existe la entelequia.
Caminarás entonces, guiado por la musa de la eternidad, hasta un poderoso y oscuro río, en el que encontrarás a quien te guiará por el largo camino del final de la vida. Te verás frente a él, le preguntarás si puede llevarte en su bote y este, con gran amabilidad, aceptará cruzar contigo hacia la costa de todos los finales.
Una vez allí cesará tu lamento, habrás atravesado la gran puerta de lo sagrado y obtendrás el conocimiento eterno, un conocimiento en el que te sumergirás dichoso y entonces sólo el silencio resonará entre la quietud… y tú resonarás también en ella, porque ahora tú eres el silencio…
Pero debes primero, con gran benevolencia y cuidado, seguir las instrucciones de la musa que guía tus primeros pasos; sólo en ella está el camino hacia el navegante de la muerte, sólo en ella se encuentra la verdad de tu sendero… Así, cuando el final de tus pasos te lleve hasta el gran navegante de lo eterno, podrás ser silencio.
Sólo cuando él pueda verte, y escuche tu petición…
Sólo entonces, la puerta se abrirá…
Anónimo"

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Esa noche llegó a mi pequeña taberna el pescador del pueblo. Hacía varias semanas que no venía, así que decidí entablar una conversación con él. Le pregunté sobre su familia, su salud, su vida en general. Hablamos largo rato acerca de esos triviales temas que conversan los conocidos que se han alejado por un tiempo, nuestros jarrones de cerveza parecían estar siempre vacíos, aunque recuerdo perfectamente haberlos estado llenando entre bromas y fuertes risas.
En algún momento de la noche (momento que, dicho sea de paso, a duras penas pude recordar), el pescador cambió su sonrisa por un gélido rostro que me sorprendió al punto del miedo. ─Acabo de recordar algo increíble que me ha estado pasando… ¡maldita sea, cómo pude olvidarlo! ─me dijo… siguió un silencio muy corto, pero que bastó para ponerme incómodo, y murmuró ─¿Sabes guardar un secreto?
Asentí con la cabeza y muy nervioso cerré la taberna para seguir a mi acompañante a través del bosque. Este no paraba de decir ─Es por aquí, ¡ya estamos muy cerca! ─mientras caminábamos por el frondoso y oscuro pasaje.
Seguramente caminamos unos veinte minutos entre los árboles, hasta que llegamos a las orillas del río que cruzaba nuestro modesto pueblo. Había un pequeño y viejo bote amarrado en la rama de un árbol, algunas piedras apiladas en la orilla y una huella recta en el piso que parecía llegar hasta la orilla. La niebla nocturna se había levantado sobre el río, así que mi visión del panorama era muy limitada. Sentí la nerviosa risa del pescador y un chasquido. La luz de su farol iluminaba ahora nuestra vista, nos miramos y él, casi temblando, me dijo: ─Verás… esto debe haber sucedido hace unas dos semanas. Pondré el farol al frente nuestro, para que veas mejor.
Puse entonces la vista al frente. Logré ver con todo detalle el antiguo bote y las pilas de piedras, así que volteé lentamente la cabeza hacia la izquierda. Cuando puse mi vista en dicha dirección, un terrible escalofrío recorrió mi espalda. Retrocedí algunos pasos y mi acompañante tubo que taparme la boca para contener el agudo grito que estaba por salir de mi garganta. Había allí algo sentado, pude ver su pelo horriblemente enmarañado, su torso desnudo dejaba entrever una terrible espina dorsal, sus débiles manos apilaban una piedra tras otra mientras la sangre corría desde sus dedos ya sin uñas; se tambaleaba la criatura hacia adelante y hacia atrás, entre débiles y convulsivos movimientos. No se podía oír ningún ruido proveniente de aquel penoso espécimen, y de hecho me costaba creer que fuera un humano. Observé además que la huella recta llegaba hasta él, una soga apretaba como si tuviera vida propia en un extremo el cuello de aquél ser y, en el otro abrazaba una gruesa rama de árbol, que era la que había dibujado la huella.
─Como te dije, llegó aquí hace unas dos semanas. ─dijo el pescador. ─Balbuceó algo de un navegante y me preguntó si lo podía ayudar a atravesar el río… Me dio tanto miedo que le dije que sí, y he estado llevándolo de una orilla a otra todos los días. Siempre apila estas piedras, y siempre me dice lo mismo:
“¿Puede llevarme, oh navegante de lo eterno, hacia la costa de mi final?…”