6 de noviembre de 2015

ΥΠΝΟΣ | Diequ Alri (Valdivia, Chile)

Ilustrado por Ren

Poco más de dos meses con serios problemas para conciliar el sueño durante las noches me llevaron a pensar que algo había de malo en la pensión donde me había estado alojando. El tiempo desde mi llegada coincidía con mi trastorno nocturno y a diario debía combatir con una rutina universitaria que poco a poco había terminado por consumir no solo mi rendimiento académico sino también mi espíritu.
Cursaba el primer año de universidad tras haber salido de la secundaria con un promedio inmejorable y haber rendido una prueba de selección aún mejor de lo que esperaba. De este modo todas las esperanzas de mi familia estaban depositadas en mí, así que confiado opté por matricularme en la carrera de Derecho de la Universidad de Miskatonic en Arkham. Debido a que la granja de mis padres se situaba a las afueras de Vermont, una distancia más que considerable hasta la ciudad universitaria, tuve que resolver por trasladarme a esta pensión de la que no desconfié hasta tiempo después. Hubiese querido hospedarme en los recintos que ofrece la misma universidad pero una extraña infección pulmonar se había esparcido por el apartado de habitaciones y había obligado a los estudiantes a albergarse en distintos hostales de la ciudad justo el mes que yo habría de ingresar. Por suerte encontré pensión en Saint John Street a no más de dos calles del campus universitario.
Las primeras noches en aquel hospedaje no tuvieron nada de extrañas aparte de mi constante desorientación al verme inmerso en la urbe, por lo que mi falta de sueño la atribuí a esta excitación inherente propia de un muchacho granjero recién llegado a la ciudad. Los días acontecieron sin mayor novedad en mi estadía en la facultad de derecho y como había pensado mi rendimiento era óptimo para el nivel de exigencia que proponía la institución mas con el pasar del tiempo me vi envuelto en terribles problemas durante el transcurso de las noches lo que traería consigo la disminución de mis calificaciones.
Cada día que terminaba con un ocaso rompiéndose sobre Arkham me encerraba en mi cuarto para arrojarme a dormir pero desgraciadamente me costaba conciliar el sueño de una manera abominable; el constante sonido del reloj sobre mi puerta, el crujir de la madera del pasillo y las escaleras, sumado a la tos profunda de algunos de mis compañeros de pensión que habían contraído la famosa infección pulmonar en las dependencias de la Universidad de Miskatonic, resonaban en mi cabeza amplificándose de maneras que jamás creí posibles, liberándome de esta manera de todo indicio de descanso. Fue durante una de estas noches de insomnio desmedido en las que me levanté y caminé hacia la puerta del baño a uno de los extremos del pasillo, me dispuse a girar la manilla y en cuanto lo hice salió de este el ser con la expresión más amigable y serena que en la vida había conocido. Era un muchacho quizá un poco mayor que yo, con el cabello largo y desordenado, quien bostezando me dio lugar mientras volvía a su habitación en la planta alta. Es posible que mi encuentro con aquel joven hubiera despertado algo maravilloso en lo más insondable de mi mente pues aquella noche cuando retorné a mi habitación caí en el más profundo sueño y lejos pasé la mejor noche desde mi ingreso a la pensión hacía ya ocho semanas.
Acorde sucedieron las noches noté que el muchacho, a eso de las tres y media de la madrugada, bajaba desde su habitación al baño ubicado en mi planta. Atribuí que había algo en él que promovía el sueño en mi mente así que apenas escuchaba sus pies deslizarse por las escaleras salía de mi habitación para contemplarlo. Cuando tenía la fortuna de verle este me saludaba con una sonrisa o simplemente pasaba bostezando consumido en su somnolencia sin si quiera notar mi presencia expectante en el umbral de mi puerta. Con el tiempo llegué a sentir una gratitud enorme hacia el huésped del tercer piso y lo llegué a querer como se quiere a un amigo a pesar de nunca haber establecido una conversación que durara más que un saludo casual.
Transcurría mi duodécima semana de estudios en Arkham cuando comencé a notar que el muchacho no bajaba durante las noches a darme su bendición nocturna. Pasaron así los días y mi rendimiento académico se vio nuevamente interrumpido por la falta de sueño, por lo que sin otra opción, resolví por dirigirme al cuarto del misterioso muchacho al anochecer. Subí la angosta escalera hacia el tercer piso y cuando hube llegado a la planta alta me vi inmerso en un oscuro y largo pasillo en cuyo final se dibujaba el marco refulgente de una puerta cerrada. Caminé con cuidado pues no lograba ver nada aparte de la débil luminiscencia del umbral a la distancia mientras el trayecto me parecía imposiblemente más extenso de lo pequeña que exteriormente se veía la pensión. Cuando mi mano dio con la manilla esta se giró desde adentro tal como había sucedido por primera vez en el cuarto de baño y se abrió. Como lo esperaba era mi amigo quien con su inconfundible rostro somnoliento me extendía una sonrisa mientras me invitaba a pasar al tenue fulgor de su habitación.
No tengo palabras para expresar el tipo de conversaciones que tuvimos dentro de aquel cuarto pues estas se alejan de todo lo conocido por el hombre, me habló con una elocuencia y ternura únicas sobre mundos ocultos ajenos a la materia y al tiempo donde reinan las infinitas posibilidades de la mente. Entre tanto, maravillado ante su sapiencia y la metafísica desbordante de sus palabras, le comenté sobre mi impotencia hacia conciliar el sueño a lo que con naturalidad sacó de su velador una pequeña cajita de plata adornada con caracteres áticos, extendió su mano hacia mí y me concedió una pastilla tan pequeña como la cabeza de un alfiler. Yo en ese tiempo no acostumbraba a consumir drogas pero resignado ante la imposibilidad de dormir opté por obedecer la recomendación de mi amigo, así que agradecido volví a mi habitación y consumí el medicamento.
Volví a despertar a pesar de tener el vago recuerdo de haberme quedado dormido incluso antes de introducirme en la cama, mas en cuanto acostumbré la vista a la luminiscencia que lo invadía todo, comprendí que había abandonado no solo mi habitación sino también mi forma física. Me vi envuelto en nebulosas refulgentes que transmitían una temperatura difícil de expresar pero muy agradable que imponía en mí un estado de paz difícilmente igualable. Divisé en medio de estos brumosos pórticos el rostro de mi amigo aún más joven y bello de lo que de por sí era, adornado de una barba perfectamente delineada sobre su mentón, con los cabellos enmarañados en pétalos de amapolas y con los ojos vivos de una luz soporífera pero tan amables como los de un amante, comprendí entonces la naturaleza esquiva de la divinidad que tenía ante mí y su primigenia esencia cósmica se reveló en mi mente como una epifanía; Todopoderoso Hipnos Señor de los Sueños.
Viajé por multitud de eras acompañado del Hijo de la Noche, transitando por umbrales de éter y brumas centelleantes donde el tiempo no es más que una fantasía terrestre completamente absurda. Nos sumergimos en medio de mares de luces a velocidades que me es imposible narrar pues no sentía el movimiento como normalmente se conoce. Los eones pasaban ante mi visión que todo lo veía y mi amigo, siempre más adelante de mí, me invitaba a que lo siguiera hasta el fin de los tiempos. Anonadado ante tal experiencia, le seguí hasta que penetramos en las más bellas y hermosas tierras dunsanianas jamás narradas, dimos de este modo con un vasto trono de estrellas donde la majestuosa forma semi incorpórea de mi amigo tomó asiento y cerró sus brillantes ojos con una lentitud que pareció durar más de lo que dura una eternidad.
Cuando desperté eran aproximadamente las seis de la mañana y con sorpresa observé mi entorno, fue entonces cuando noté que me encontraba en mi habitación en la granja de mis padres en Vermont. La irrefrenable tos de mi abuelo se escuchaba del otro lado de mi pared en la habitación contigua y mis padres, como era de suponer, ya se habían marchado al laburo. Todo el proceso de mis estudios en la Universidad de Miskatonic en Arkham no había sido más que las quimeras del sueño de un granjero analfabeto.
Al tiempo decidí regresar a la ciudad que oníricamente me había albergado en mi progreso universitario, retornar al hospedaje situado en Saint John Street pero por más que recorrí las largas calles de Arkham y los alrededores del campus estudiantil no pude dar con él. Desde entonces he buscado a aquel muchacho oculto entre las sombras, en ocasiones suelo verlo en el breve trance que se produce cuando estoy por quedarme dormido pero siempre el encuentro es ínfimo e imperceptible, su rostro sonriente se desvanece entre nebulosas de incienso mientras mi mente penetra en parajes de los que pareciera no haber retorno. Constantemente tengo la vaga sensación de que solo juega conmigo, quizá en sus vastos dominios de encanto se burla de mí y de los inquebrantables sueños de abogacía de un estúpido ─y ahora drogadicto─ campesino de Vermont al que ha convertido sin misericordia en su esclavo.